TIERNA, DULCE Y LARGA HISTORIA DE AMOR
Los amores entre Sor Martina y Rodrigo causaron un escándalo de proporciones desastrosas. Cuando se los veía por las noches, paseando de la mano a la luz de la luna, uno no podía más que sentir un estupor infinito. Era claro que antes de que comenzaran su relación pre-existían algunas circunstancias especiales, pero la verdad sea dicha, nada justificaba semejante aberración.
Rodrigo iba a casarse con Luciana, la viuda del médico del pueblo. Se rumoreaba que este había fallecido misteriosamente, y como el espíritu de los habitantes de Uyuyuy estaba claramente inclinado a la justicia, pensaban que se era inocente hasta que a uno se le comprobara la culpabilidad. Lo malo es que en este caso la comprobaron con bastante facilidad. Por tanto, Luciana tenía fama de mujer con poca paciencia y dispuesta a matar si el caso lo ameritaba. Lo que terminaba de convencer a los uyuyenses de que ella había asesinado a su esposo era que un par de días antes de su lamentable deceso, lo había encontrado retozando alegremente con una de las enfermeras. Luciana nada dijo a su marido, excepto un cortante: ¡Vístete!. Después, simplemente se dio la vuelta e hizo como que no volaba una mosca. Cuando el doctor llegó, le sirvió la comida, lo besó de buenas noches y se recostó a su lado, pensando en cómo le haría pagar semejante traición. Tanto como llegó a amarlo sin medidas, ahora le odiaba, y no pensaba dejar pasar así nada más la humillación de ser engañada a sabiendas de todo el pueblo. De tal forma, el imaginario colectivo llegó a la conclusión de que a la noche siguiente repitió el mismo ritual de servirle la comida al doctor, besarlo de buenas noches y luego dormir a su lado, excepto que esta vez seguramente habría dejado caer una abundante ración de veneno para ratas en la sopa. El pobre hombre murió entre terribles dolores, echando espuma verde por la boca y suplicando clemencia al cielo. Los peritajes policiales concluyeron que la causal del deceso había sido un consumo accidental de veneno no especificado, ya que se guardaban algunas de estas sustancias en la cocina. Aparte de recibir una severa reprensión, Luciana se escapó de ir a la cárcel con la cabeza en alto y vestida de riguroso negro. Algunas almas compasivas aventuraban que no era posible pensar que ella lo hubiese matado, dado el amor que le tenía. Pero la gran mayoría pensaba que del amor al odio hay una línea sutil que Luciana atravesó sin dudar.
Un par de años después conoció a Rodrigo. Él era un forastero recién llegado, que desconocía su tormentosa historia. Las mujeres del pueblo se la hubiesen comunicado con gusto, pero al parecer un instinto básico le susurró al oído que era mejor no saber nada. Cada vez que alguien intentó venirle con chismes, rechazó el tema diciendo que a él le importaba sólo el futuro de Luciana, que esperaba compartieran juntos. Esta frase tenía por objeto desalentar a la vez las confidencias y los requerimientos amorosos.
Así las cosas, comenzó a frecuentar la casa de la viuda, pero jamás pasó de la puerta de entrada para no dar lugar a más habladurías. Le molestaba tener que estar constantemente lidiando con los susurros y las miradas de desaprobación que la gente le dirigía a Luciana. La convenció de que se marcharan lejos de allí, a comenzar una vida nueva en un sitio donde no se les conociera. Podrían establecer un pequeño negocio y reunir el dinero suficiente para pasar una vejez tranquila, disfrutando de los hijos y los nietos. Ella se dejó llevar completamente dócil; una vez más se estaba sintiendo como si las rodillas se le hicieran gelatina, evidencia inequívoca de su nuevo amor por Rodrigo. La única condición que le puso fue casarse allí, frente a las narices de los que se habían solazado comentando sus desgracias a la hora del té.
Rodrigo se avino prontamente a complacerla; en verdad no le importaba casarse o vivir en el pecado con Luciana mientras ella misma estuviese segura de pertenecerle. La religión y los papeles no significaban nada para él, pero sabía del deseo de su amada de hacer todo formalmente, vestida de blanco y en la Iglesia del pueblo llena de tope a tope, casi como si se tratara de un show de circo. Por tal razón, se encaminó una mañana a hablar con el cura Juan sobre su próximo enlace. Golpeó la pesada puerta de roble de la oficina donde el sacerdote recibía a sus fieles, y se sorprendió un poco cuando un rostro de mujer joven se asomó apenas. Le explicó que buscaba al cura Juan y ella le dijo que él no estaba allí y que volvía al mediodía. ¿Puedo esperarlo?, preguntó Rodrigo. No faltaba mucho para las doce, después de todo. La joven no respondió nada, pero abrió lentamente la puerta. La habitación estaba completamente iluminada. Al mirarla ahora de cerca, descubrió que tenía los ojos más verdes que él hubiese visto. Son del color del asombro, pensó. Al mismo tiempo, le costó creer lo que veía; no podía ser que esa joven tan hermosa hubiese tomado los hábitos. Ella lo dejó instalado en una silla esperando al cura, y se retiró sigilosamente. Cuando casi desaparecía por el umbral de la cocina, Rodrigo le preguntó su nombre. Sor Martina, dijo ella en un susurro.
Esa noche soñó con los ojos verdes de Sor Martina una y otra vez, y la vio vestida con una túnica estampada de margaritas. Despertó de madrugada, sofocado por la mirada constante de la joven. Se lavó la cara con agua fría y volvió a acostarse mientras se repetía que Luciana estaría feliz de saber que ya todo estaba arreglado.
El día de su matrimonio coincidía con el día en que Sor Martina tomaría sus votos definitivos, y sin que el pueblo siquiera llegara a imaginarse cómo había sucedido todo aquello, Rodrigo, en vez de aparecerse por la Iglesia a contraer matrimonio con Luciana, tomó rumbo indeclinable al convento en que Sor Martina pretendía contraer matrimonio con Dios.
Se había enamorado de ella como un loco.
De un día para otro Luciana se le antojó vacía y falsa, y en vez de evitar los secreteos sobre ella con la gente del pueblo, quiso averiguar hasta el último detalle del oscuro pasado que le adjudicaban. Una vez que lo supo todo, se entregó sin reparos al amor que sentía por Sor Martina, con la conciencia tranquila de no estar dañando a una inocente. Ni siquiera sintió lástima al pensar en el ridículo que haría Luciana al quedarse plantada en el altar, y cometió el error tremendo de no calcular cuál sería su venganza. Él simplemente corrió a robarse a su Martina de las garras de la Iglesia Católica, y toda vez que la tuvo a su lado, le confesó cuanto la amaba y cuanto necesitaba que ella lo amara. Sor Martina lo contempló estupefacta por varios minutos y se echó a llorar desconsolada, rogándole a Dios que milagrosamente la transportara a su querido convento para consagrarle la vida, como eran sus planes desde hacía mucho tiempo. En vez de eso estaba sentada bajo la lluvia mirando cómo comenzaba a llorar un hombre que le anunciaba su amor por ella con angustia, y que se daba cuenta del terrible error que estaba cometiendo al robársela sin siquiera preguntarle lo que ella pensaba.
En la Iglesia, Luciana chillaba con furia que se vengaría de Rodrigo de la peor manera. El pueblo entero huyó a la desbandada, demasiado asustado para burlarse de su tragedia y dando gracias al Altísimo de no ser el cuasi marido de esa mujer. Todos pensaron que no había más castigo que la muerte para la afrenta hecha a la viuda, y en cierta forma esperaban que cumpliera con su palabra para asistir a un nuevo hecho de sangre. La morbosidad de los uyuyenses era magnífica.
La mañana siguiente Sor Martina amaneció en su cama, presa de fiebre y temblores incontrolables. La fría lluvia del día anterior había vencido todas sus defensas, de por sí muy bajas, y además de contraer matrimonio con la divinidad, contrajo una pulmonía fulminante. Rodrigo veló por ella toda la noche desde el patio, único lugar al cual tuvo acceso después de rogarle desesperado a la Superiora del convento que lo dejara permanecer cerca de Martina. Un aire de fatalidad lo rodeaba desde el día anterior, y lejos de temer por él, temía por la vida de su amada; le parecía presentir que una desgracia horrenda ocurriría. Y en efecto, ocurrió, ya que de golpe comenzó a sentir que le faltaba el aire y que una opresión gigante le atenazaba la garganta. Apenas alcanzó a darse cuenta de qué estaba pasando con él; simplemente se desplomó muerto en la tierra mojada, con los ojos fijos en la ventana de la habitación en que Sor Martina descansaba. Ella abrió los suyos en ese instante, y con el nombre de Rodrigo en los labios exhaló el último aliento.
Días después Luciana se encontraba en su casa, acompañada de la persona más extraña que se pudiera ubicar en Uyuyuy. Se decía de este anciano que era mejor no cruzarse en su camino, ya que el infierno le había otorgado el poder de matar a la distancia, y luego resucitar a los muertos para ponerlos a su servicio. Nunca había hecho nada en el pueblo, pero su fama le antecedía y él tampoco se interesaba en aclarar la verdad. Vivía en un cerro alejado de la comunidad, razón por la cual dejaron de preocuparse por él. A veces pasaban meses sin verlo, llegando a creer que tal vez hubiese muerto en soledad.
Luciana quería de aquel viejo justamente lo que se afirmaba que era capaz de hacer, y se lo estaba pidiendo en ese mismo momento. A él no le sorprendía oír su demanda, ya que conocía lo que esa mujer era capaz de hacer desde que se presentó en su casa del cerro hacía una semana para encargarle un asesinato doloroso y lento. Lo primero se había logrado, lo segundo no; pero dada la felicidad de Luciana al parecer no había diferencia. Y ahora, le había pedido que la visitara para tratar el otro asunto, ese que ni ella misma se atrevía a mencionar con todas sus letras. Convertir a alguien en zombi es sumamente arriesgado, le recordó el anciano. Si no se desea hacer el mal con la suficiente fuerza, lo que logrará será resucitar al muerto, pero no obedecerá instrucciones de nadie. Luciana quiso saber qué sentiría Rodrigo una vez que volviese a la vida, y el viejo le comunicó que para el zombi todo sería dolor, cansancio y confusión. Imagínese, agregó, cómo se sentiría usted si no supiera si está viva o muerta; aparte de que su cuerpo seguiría descomponiéndose siguiendo el cauce natural de lo que le sucede a un difunto, se vería obligada a cumplir con las órdenes del ser humano que le hizo aquello.
Una sonrisa despiadada y brillante adornó el rostro de Luciana, que suspiró satisfecha. Hagámoslo, dijo. Se puso de pie para buscar los elementos requeridos por el anciano, incluida una fotografía de su ex novio. A eso sumó la sangre de una gallina asesinada por ella misma aquella mañana, un mechón de sus propios cabellos, tres cintas rojas, y una flor de la tumba de Rodrigo. Le entregó todo al viejo, siguiendo con atención sus movimientos. Lo vio tomar una olla de greda que él mismo llevaba y vaciar la sangre de la gallina, el cabello, y los pétalos de la flor. Las cintas rojas sirvieron para amarrar la fotografía, doblada previamente en cuatro, que fue también arrojada a la olla. El viejo revolvió la mezcla con la mano al tiempo que recitaba una sarta de palabras en un idioma desconocido y escalofriante. Le parecía a Luciana que el ambiente se tornaba frío y pesado a medida que los minutos transcurrían. De pronto, el anciano selló su conjuro escupiendo dentro de la olla, y anunció que debía ser enterrada sin tardanza en el patio de la casa. Concluida estas instrucciones, tomó de la mesa el pago por su trabajo y advirtió a Luciana que esa misma noche vendría Rodrigo a visitarla. Luego se marchó sin decir una palabra más.
La viuda del doctor se quedó sentada un rato, preguntándose si de verdad las cosas ocurrirían como el anciano las había predicho. Luego recordó cómo todas sus dudas se habían desvanecido al enterarse del misterioso fallecimiento de Rodrigo en el pueblo donde se encontraba el convento de Sor Martina. Un sexto sentido le había mostrado a Luciana lo que había ocurrido el día de su matrimonio, y comprendió con facilidad que Rodrigo no había hecho sino correr tras la monja que le robó el corazón. Pero ya nada se ganaba con lamentarse por la leche derramada. La monja estaba muerta, Rodrigo también, y ella, Luciana, se hallaba con vida y odio suficiente para levantar desde la mismísima tumba a quien la traicionó, y hacerle pagar la afrenta de abandonarla. Tomó la pesada olla de la mesa y salió al patio a enterrarla. Silbaba entre dientes una canción festiva mientras cavaba, y cada cierto tiempo lanzaba ansiosas miradas al camino. Terminada la odiosa tarea, se sentó frente a la puerta a esperar a Rodrigo, que ya se acercaba arrastrando los pies. El olor que traía era terrible, y a juzgar por la suciedad de su traje, debió recorrer un penoso trayecto entre el ataúd y la superficie de su tumba.
Luciana tuvo miedo de su rostro, que le parecía casi igual al que contemplaba mientras estaba vivo. La única diferencia que notaba era el tono amoratado de la piel y los ojos apagados y de mirada vacía. Le explicó que estaba allí porque ella así lo había querido, como castigo por el daño que le causó en vida, y que en adelante debía seguir sus órdenes para siempre. Estas eran deambular cada noche por el pueblo, asustando a quien se cruzara por su camino, y regresar a su tumba en el Cementerio durante el día, para preservar la conservación de su cuerpo el mayor tiempo posible. Quiero que espantes, le dijo, no que te andes cayendo a pedazos por ahí. Riendo de su propio chiste, lo despidió luego, informándole que ella se largaría del pueblo al día siguiente con la enorme felicidad de poder contemplar al menos una vez la pobredumbre de su muerte. Dicho esto se volvió y entró a la casa, dejando a Rodrigo en el desamparo de la confusión y el dolor.
Durante semanas vagó el pobre zombi por el pueblo de Uyuyuy, apenas consciente de lo que hacía y sintiéndose agónico por cada paso dado. Por breves momentos alcanzaba una lucidez que lo único que hacía era ponerlo al corriente de su situación y de que seguía amando a Sor Martina con toda su alma, si es que aún podía decirse que tuviera una. En esos instantes le rogaba al cielo la bendición de morir, pero morir de verdad y de una buena vez. Luego parecía que una nube negra se ubicara justo encima de su cerebro, llevándose los pensamientos racionales a un pozo del cual le costaba cada vez más rescatarlos.
Una noche estrellada y fría vio a Martina de pie al lado de su tumba. Al parecer estaba esperando la penosa salida del ataúd para ir a cumplir con su mandato de espantar. Se veía incorpórea y transparente, pero tan hermosa como él la recordaba cuando el cerebro se lo permitía. Quiso hablarle, pero la rigidez de sus músculos era demasiada. Sor Martina lo miró con una profunda piedad durante mucho rato, hasta que al fin extendió sus brazos hacia él mientras lloraba. Lo llamó por su nombre varias veces mientras intentaba aferrarse a su cuerpo maltratado y doliente. Rodrigo se sentía en una nebulosa, demasiado confundido para pensar y lograr entender lo que ocurría. Abrazar a su Martina era como abrazar una masa de gel helado, pero no le importaba porque tanto en la muerte como en la vida la amaba con locura.
Sor Martina le dijo que se había enamorado de él en aquel bosque lluvioso; que cada una de las lágrimas que vio saliendo de sus ojos la había conmovido en lo más profundo, como solo una mujer puede ser conmovida cuando se siente amada por sobre cualquier otra cosa. Que de no ser por la enfermedad que empezó a atacar su cuerpo, se hubiese entregado a él con gusto para ser su mujer hasta que la muerte los separara. Y he aquí que el destino les había jugado una mala pasada, y era la muerte la que los unía de manera terrible.
La boca rota y descompuesta del zombi se desmigajó cuando los labios fríos de Sor Martina la tocaron. Era el beso más macabro que pudiese darse en el mundo, pero contenía el amor verdadero que Rodrigo había sabido despertar en ella con solo robársela para confesarle lo que sentía.
Y de pronto, ocurrió el milagro que nadie esperaba, ya que se suele pensar que la maldad es más poderosa que el amor.
El cerebro maltratado del zombi pareció despertar de un largo sueño. Comprendió enseguida lo que había ocurrido; por qué se hallaba allí frente al fantasma de la mujer que amaba, convertido en un estropicio humano. El horror de la situación ni siquiera alcanzó a rozar sus pensamientos, porque lo único que sabía él eran los labios de Martina acariciando los suyos, su mirada verde del asombro absorbiendo su imagen, y sus brazos rodeándole el cuerpo que se le caía por trozos. Se sintió feliz como nunca en su vida, pensando que estarían juntos por toda la eternidad que la muerte les brindaba.
Desde esa noche vagaron juntos por el pueblo, contentos de asustar a cuanta alma se les cruzara por el camino, ya que el amor prefiere no tener testigos. La gente del pueblo no podía concebir que semejante pareja se paseara por sus parques, pero al transcurrir de los años el fantasma de Sor Martina y el zombi Rodrigo pasaron a formar parte del anecdotario popular, y hasta llegaron a considerarlos como un ejemplo de amor incondicional y verdadero, pues ya se sabe que los uyuyenses son de una morbosidad magnífica.
Y murieron felices para siempre














Comments
Y lo hiciste aun mas dificil porque era una monja fantasma ^^.
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¿Cual es el punto de una firma si no pones tu nombre?
-->Kreender<--
No sabes el dolor de cabeza que me dio esta historia, no sabía cómo terminarla!
Además era eterna, llevaba siete páginas y nada, tuve que editarla un poco... Me alegra que te gustara... No se te hizo larga?
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Poems are made by fools like me
but only God can make a tree.
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si wow increible
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logab=c =>ac=b
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Sokka: Boomerang! You do! always come back!
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Necesito opiniones descarnadas, dicen que el arte se va puliendo con la lija de las malas críticas
Gracias por tu comentario, la burbuja ya se viene
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Poems are made by fools like me
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¿Cual es el punto de una firma si no pones tu nombre?
-->Kreender<--
Gracias por tus comentarios
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